Hace poco un amigo me contó una historia de un acontecimiento impresionante. Se había salido con un par de amigos para tomar una copa en un bar local.

Los tres estaban platicando amablemente cuando otra persona en otra mesa comenzó a criticar uno de los amigos por algo que se había oído.

Los tres continuaban charlando, ignorando la otra persona en la otra mesa, cuando de repente la persona se levantó, se acercó al amigo, y le tiro su cerveza directamente en la cara del amigo.

El bar se quedó todos congelados en silencio anticipando la pelea que imaginaban que iba a suceder. Pero a la sorpresa de todos, el amigo no reaccionó en absoluto.

Siguió charlando con sus amigos, recomendando que continúen su velada en otro lugar. Se levantó con sus amigos y los tres salieron, como si nada se les hubiera sucedido.

La persona que había tirado la cerveza se quedó inmóvil con una expresión en la cara que parecía desconcertada y perpleja.

Fue obvio a todos que esta persona acababa de ser derrotado, no por violencia sino por silencio y disciplina de carácter que revelaba un ser sumamente maduro espiritualmente, o sea, un bodhisattva.

Estoy seguro de que todos ya estamos preguntándonos, ¿qué haría yo en tal situación? Si alguien sin tener motivo les insultara y les golpeara, ¿no sentirían cólera y resentimiento?

¿Tienen la certeza de que siempre resistirían la tentación de responder con violencia o se abstendrían de ser críticos? ¿Pueden estar seguros de que siempre distinguirían lo correcto de lo erróneo?

Si no tienen la certeza absoluta de que nunca se rendirían a la tentación, de que nunca se equivocarían en ninguna situación así, entonces por eso, deberíamos mantener una estricta atención a la disciplina ética y moral.

Deberíamos practicar con diligencia y compromiso el zen para servir como ejemplos en la sociedad de cómo cada miembro debe comportarse, con dignidad, cortesía, y honradez.
